Sindelar, el Mozart del fútbol al que la política no dejó brillar

Acodados en la barra de un bar, acomodados en los asientos de un estadio o sentados en el sofá del salón rodeados de familiares o amigos, los aficionados al fútbol han discutido en numerosas ocasiones sobre qué jugador puede ser considerado como el mejor entre los que no han logrado nunca ganar el Mundial.

Hay múltiples opciones, algunas bastante evidentes. Es un tópico que nos acompañará en muchas más tardes de conversaciones futboleras, y seguro que se irán añadiendo nombres a la lista. Sin embargo, la respuesta puede estar escondida desde hace casi un siglo en los libros de historia, y muy poca gente la recuerda.

En 1928, y como colofón a su plan maestro para la promoción del fútbol, el presidente de la Federación Francesa de Fútbol Jules Rimet convenció al resto de miembros de la FIFA para crear la Copa del Mundo de Fútbol.

Rimet, que accedió al cargo en Francia cuando su país empezó la reconstrucción posterior a la I Guerra Mundial, en 1919, había empleado una década en afianzar la relación institucional con los medios de comunicación y universalizar el fútbol desde su posición de deporte olímpico.

El fútbol llevaba varias ediciones siendo uno de los deportes estrella de los Juegos, y Rimet quería trasladar esa popularidad a una competición controlada por la FIFA. La primera edición de la Copa del Mundo se iba a celebrar en 1930. Quedaba por elegir la sede, paso en apariencia intrascendente, pero que iba a tener muy graves repercusiones.

El reparto de influencias en el fútbol mundial estaba repartido de manera muy similar al actual. Las mejores selecciones se repartían entre Europa y América del Sur.

El impulsor de la idea, Jules Rimet, había estado muy involucrado en la organización de los Juegos Olímpicos. Uruguay se proclamó campeona de la competición olímpica por segunda vez consecutiva en 1928, y eso decantó la balanza para que el país charrúa fuera la primera sede mundialista.

Los equipos europeos boicotearon el primer mundial. Consideraban obstáculos insalvables la dureza y duración del viaje. El calendario inicial propuesto por la organización, cocinado de manera muy favorable a los equipos americanos, no ayudo lo más mínimo a destensar la situación.

Austria fue una de las selecciones que declinó disputar el primer mundial. Su capitán, Matthias Sindelar, se acercaba a su cénit como jugador, a punto de cumplir 27 años. A su alrededor estaba germinando uno de los equipos mas legendarios de la historia del fútbol.

Quien sabe si un Mundial disputado en Europa hubiera acelerado la maduración del ahora recordado como “Wunderteam”, pero lo que muestran los datos, y de manera fehaciente, es que Austria se convirtió en el claro dominador del fútbol europeo pocos meses después de la emocionante remontada del equipo local en la final contra Argentina.

Austria derrotó a las máximas potencias de la época con marcadores apabullantes. Alemania se llevó cinco goles en Viena, y también en Berlín. Les metieron ocho a Hungria. Otros cinco a Escocia. Italia cayó derrotada por 4-2 en la final de la Copa Internacional Centroeuropea de 1932, antecesora de la actual Eurocopa.

En los años 30 se jugaban muchos menos partidos internacionales que hoy en día. Austria estuvo invicta desde el Mundial hasta 1932, con 11 victorias y tres empates. Perdieron en Stamford Bridge ante Inglaterra por 4-3, pero reanudaron la cuenta con 14 triunfos y un empate más hasta llegar a las semifinales del Mundial de 1934.

El alma de aquel equipo seguía siendo Sindelar, jugador al que se define a la perfeccion a través de sus dos sobrenombres más conocidos: “El bailarín de papel” y “el Mozart del fútbol”. Un jugador de frágil físico y extraordinaria precisión, que cambió el fútbol para siempre desde una nueva posición, la media punta.

Sindelar jugaba de nueve, pero el técnico del Wunderteam le encargó una misión muy distinta a la del resto de arietes de la época. En la línea de cinco delanteros de Austria, Sindelar era el encargado de retrasar su posición, recibir entre líneas y distribuir el balón al resto de sus compañeros de la línea de ataque.

Austria cumplíó con el papel de favorito en el Mundial hasta la penúltima eliminatoria. Era la segunda vez que la política iba a apartar a Sindelar del ángel dorado de la Copa Jules Rimet.

Italia, y su gobierno fascista recién llegado al poder, habían empleado todas sus influencias para lograr la adjudicación de la sede, que todos en la FIFA tenían claro que esta vez correspondía a Europa.

Mussolini se habia asegurado de que su selección tendría el mejor equipo posible, acelerando la nacionalización fraudulenta de varios de los miembros de la mitad de la selección argentina finalista de 1930, que jugaban como oriundos en clubes italianos. El dinero que empezaba a anegar el fútbol a raíz del primer mundial ya había empezado a destripar a los clubes de Sudamérica de sus mejores jugadores, y la venganza por el boicot de 1930 dejaba inermes a sus selecciones.

Las maniobras políticas del gobierno italiano no se detuvieron ahí. Si fallaba la compra de futbolistas, siempre cabía reclutar algún elemento más del juego, como el arbitral. España sufrió uno de los peores arbitrajes que se recuerda en octavos de final ante los anfitriones. El partido acabó en empate, pero en la impune masacre sufrida nuestra selección perdió a siete jugadores, lesionados, imposibles de recuperar para el “replay”.

Austria fue objeto de un tratamiento similar, y la batalla campal contra los italianos les dejó incapaces de pelear la tercera plaza final a Alemania. El árbitro de aquella semifinal recibió el premio de poder repetir errores en la final.

El Wunderteam perdió su aura de equipo imbatible, pero Sindelar siguió siendo considerado una estrella continental, incluso cuando la edad empezó a hacerse sentir en sus piernas.

La siguiente cita mundialista esperaba a un Sindelar de 35 años, que acababa de perder un engranaje esencial en la selección, el técnico que le convirtió en falso 9, Hugo Meisl, fallecido en 1937. Austria obtuvo la clasificación para Francia, pero la política volvió a truncar los sueños de Matthias.

El Tercer Reich se anexionó Austria en 1938. El país llevaba sufriendo el terrorismo, las amenazas de invasión y los intentos infructuosos de tomar el poder por parte de los nazis austriacos durante más de un lustro. Finalmente, con el ejército alemán en la frontera y en medio de una revuelta civil, el gobierno austriaco decidió no defender su legitimidad y dimitieron en bloque tal y como les demandó Hitler para detener la inminente invasión.

Al igual que Mussolini en 1934, Hitler sabía del prestigio internacional que le podían dar a Alemania las competiciones deportivas e intentó reforzar la selección alemana con la incorporación de las figuras del equipo austriaco, en especial las de Sindelar y su emergente heredero, Josef Bican.

Todos tenemos frescas en la mente las imágenes de Jesse Owens derrotando a los atletas arios en los 100m. lisos de los Juegos Olímpicos de 1936. Aunque no haya constancia gráfica que conozcamos, para Hitler resultó igual de humillante la derrota en cuartos de la competición de fútbol ante Noruega, por 2-0. A lo largo del partido, el Führer tuvo tiempo de mostrar su disgusto, y abandonó el palco de honor en el descanso.

Sindelar, como otros compañeros, evitó responder a las diversas invitaciones para vestir los colores de Alemania, fingiendo varias lesiones.

Entonces, para conmemorar la anexión, las autoridades nazis tuvieron la idea de organizar un amistoso entre Alemania y Austria, a disputarse en el icónico Prater vienés.

Para jugar con Austria, a Sindelar no le dolía nada. No obstante, él y sus compañeros fueron avisados de que la imagen del equipo alemán no debía ser manchada con un mal resultado ante sus conquistados.

Las crónicas más románticas de aquella tarde hablan de la resurrección del Wunderteam, con un Sindelar imparable que dio todo un recital de fútbol, solo oscurecido por una sospechosa dejadez a la hora del remate. El marcador al descanso era de 0-0.

En la segunda parte, el equipo austriaco se mostró más rebelde si cabe. Se adelantaron en el marcador y Sindelar sentenció con el 2-0, su último gol con la camiseta de Austria, que muchos juraron durante décadas que fue a celebrar de manera exagerada bajo las narices de los generales alemanes allí presentes.

Sindelar renunció a jugar el Mundial de 1938. Fallecíó en 1939, en extrañas circunstancias, a la vez que su esposa. Los forenses decretaron un accidente doméstico, inhalación del monóxido de carbono generado por una estufa en mal estado, pero las circunstancias dieron pie a diversas teorías, desde el suicidio a la definitiva venganza de las autoridades nazis, incapaces de doblegar su voluntad.

El Mozart del fútbol falleció como su espejo, con sinfonías todavía por escribir con sus botas, adorado por los compatriotas que sufrírían el yugo del Tercer Reich durante otros seis años.

¿Fue Matthias el mejor jugador que nunca logró ganar un Mundial? Abre otro botellín y lo hablamos, ¿te parece?

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